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El computarizado libro de la selva

Una nueva versión de este clásico de la literatura llega al cine para reforzar el mensaje de que la familia es la que uno elige

Disney sigue apostando a revisar sus archivos y hacer películas con personas reales basadas en sus clásicos de dibujos animados. Ya por este proceso pasaron Maléfica y La cenicienta, con cuestionable éxito.

Ahora es el turno de El libro de la selva. Si usted es amante de la película animada que se hizo inspirada en los relatos de Rudyard Kipling, no espere lo mismo. Esto es otra cosa. Ni mejor ni peor, distinta. A la historia se le dieron unos giros diferentes y los personajes, digamos que variaron el peso de su importancia en esta nueva versión.

Una de las mejores cosas de esta producción son sus efectos de CGI para crear personajes y escenarios. Los animales son realmente increíbles, así como los parajes de la selva india en los cuales se desarrolla la historia. Por allí, todo muy bien.

A esta condición tan particular le hizo frente con toda dignidad el joven actor Neel Sethi, quien es el encargado de dar vida a Mowgli y debió enfrentarse al reto de interpretar con cosas que no estaban allí. Aunque la interacción con los otros personajes es fantástica, sus diálogos resultan a veces un poco precoces y zalameros, hasta actuales y urbanos en un contexto rural.

Otro punto a resaltar son las voces de los personajes animados, las cuales fueron encargadas –en inglés- a reconocidas actores de la talla de Scarlett Johansson, Idris Elba, Bill Murray, Christopher Walken, Giancarlo Esposito, Lupita Nyong’o o Ben Kingsley. La que roba el show es sin duda Scarlett, aunque el resto le pisa los talones.

Lo no tan bueno en esta película de Jon Favreau es que pareciera querer complacer a muchos públicos a la vez. Es, en principio, una película mucho más seria que la de dibujos animados, pero que en algún momento quiere aprovecharse de cosas como la música de la cinta de 1967, sin que sea pertinente o vaya con la estética o trama del resto de la versión actual.

Quedan cabos sueltos con la capacidad de hablar de algunos animales, como los elefantes, que son reverenciados por toda la fauna, pero que no se comunican nunca, o los mismos monos, que actúan como zombis. No así unos diminutos ratones, que llegan a ser atorrantes sin ser necesariamente nadie que amerite hablar.

Afortunadamente prevalecen en la historia los valores como la familia, la amistad, el valor, que se imponen a una trama con algunos huecos y donde el villano parece ser malo solo por el gusto de disfrutar de su villanía.

Es una cinta que se puede disfrutar, en especial si se decide entrar en el juego y hacer ciertas concesiones sin cuestionar mucho. Yo, por mi parte, me quedo con la versión animada, un poco más alejada del drama y más cercana a lo lúdico que permiten los dibujos animados.

Texto: Roberto Rodríguez @esosiquetetengo

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